jueves, 16 de marzo de 2017

Vaciar el alma


Ayer quedé a tomar café con mi amiga Paloma y te trajo hasta mí, envuelto con mucho gusto y engalanado con un precioso lazo. Cuando te vi sentí un flechazo instantáneo. “Antes de venir me he pasado por los chinos y te lo he comprado, para que escribas lo que sientes. Para que eches afuera toda esa mierda que te está pudriendo el corazón y el cerebro”. Me acordé entonces de Clara, la protagonista de “La casa de los espíritus” y de esa afición suya de escribirlo todo en sus cuadernos de anotar la vida.

Tiene mucha razón Paloma en eso de que hay que sacar la mierda que uno lleva dentro. Pero yo soy de las típicas personas que se lo callan todo para no aburrir a los demás con mis movidas. Al fin y al cabo, ¿a quién le importa lo que a uno le pase en sus entrañas? Cada cual carga con su cruz, y eso es lo que me han enseñado desde pequeñito: que los asuntos privados del corazón, cuanto más encerrados bajo llave, mejor. 

Y ahora, si te parece, me presentaré: me llamo Antonio y tengo depresión desde hace muchos años, y eso que solo tengo treinta y uno. Soy gay. No sé si este dato importa mucho, el caso es que algunos psicólogos de carrera y otros de boquilla me han dicho que los gays, aun viviendo en una sociedad y en un país como el nuestro, tan abierto para esas cosas de la homosexualidad, tenemos una vida más difícil que el resto de los mortales heteros. Es cierto que mi vida ha sido difícil y ha venido marcada desde niño por los insultos, porque además del gusto por los hombres, Dios o quien sea me ha otorgado una pluma prominente, pero no creo que eso haya sido determinante para que me encuentre así de hecho polvo. Hace seis meses decidí acudir a las autoridades sanitarias pertinentes a buscar ayuda y, desde entonces, tomo cada día doble ración de Fluoxetina nada más levantarme y un potente hipnótico que se llama Zolpidem para poder conciliar el sueño por las noches. 

El caso es que cuando le conté al médico de cabecera mi afición de mezclar somníferos que sustraía del pastillero de mi madre con altas dosis de alcohol, se echó las manos a la cabeza y me derivó al psiquiatra de urgencia. Desde ese día, siempre que acudo a la consulta de psiquiatría de la Seguridad Social me siento como un personaje de “Los renglones torcidos de Dios”. Y es que en la sala de espera de Salud Mental convivimos toda suerte de personas con sus respectivas enfermedades, desde depresiones hasta esquizofrenias, pasando por bipolaridades, psicosis o manías varias, entre otras muchas que desconozco y que el cerebro fabrica en su afán de jodernos la vida a unos cuantos elegidos. 

Qué puta es la serotonina. Tiene cojones que de esa sustancia tan nimia dependa la felicidad del ser humano. Pero el cabrón de mi cerebro se ve que no segrega la cantidad suficiente y por esa razón el psiquiatra me recetó prozac a mansalva, para ver si trataba de poner en marcha ese neurotransmisor que yo debo tener atrofiado.

Y así, empastillado hasta las trancas, el psiquiatra pretende que a no mucho tardar me deje de dar asco la vida. Difícil misión. Aunque por lo pronto, la depresión parece haberme dado una tregua y me está permitiendo escribir todas estas líneas de un tirón, cosa rara, porque desde que la muy puta apareciera en mi vida dejó de interesarme todo. Yo, que siempre he sido un devorador incansable de libros, soy incapaz de concentrarme en ningún tipo de lectura. Y es que ni el catálogo del LIDL me deja hojear la condenada. Ni siquiera las películas en blanco y negro de Bette Davis, que en otro tiempo me fascinaban, consiguen captar mi atención. Aquí las tengo todas, cogiendo polvo en la estantería, metiditas en su caja y ordenadas cronológicamente por fecha de estreno: la primera es "Cautivo del deseo" y la última, "Las ballenas de agosto". Entre ambas se encuentra una que me encanta, "La extraña pasajera". Es la historia de una mujer que está deprimida y, bajo prescripción facultativa, emprende un viaje en barco en el que conoce a un hombre del que se enamora, pero resulta que el galán en cuestión está casado. Al final la pobre Charlotte, creo que es así como se llama el personaje, se conforma con su suerte y le dice a su enamorado: "No pidamos la luna, porque tenemos las estrellas". 

¿Sabes? Yo también he estado en esa tesitura de estar con un hombre casado. Y mira a lo que me ha llevado la dichosa aventura, a contraer una depresión de caballo. Menudo hijo de puta fue Chente conmigo. Decía Shirley MacLaine en "El Apartamento" que si te enamoras de un hombre casado, no te pongas rímel. Que maravillosa es la MacLaine, por cierto, cuanto me han ayudado sus libros de espiritualidad. Pero no quiero irme por las ramas. Te estaba hablando de Chente, que menudo cabrón. A estas alturas no sé quién se enamoró de ese cerdo, si fui yo o fue mi baja autoestima. El caso es que nos conocimos a través de un Chat y hemos estado juntos unos seis meses, hasta que le puse el alto. Eso de ser "la otra" queda muy bien en una telenovela mexicana, pero en la vida real sienta como una patada en el culo. Pero fíjate que tuve que ver una película para darme cuenta de que estaba malgastando mi vida. 

Un sábado por la tarde como otro cualquiera, en el que el susodicho estaba disfrutando de su vida familiar con su mujer e hijos, me tumbé en el sofá de mi casa dispuesto a ver algún coñazo vespertino de esos que echan por la tele los fines de semana y, haciendo zapping, me topé con "Atracción fatal", la película en la que Glenn Close se lía con Michael Douglas, que está casado y después de un par de encuentros sexuales, el tío se desentiende de su amante, la cual esta pilladísima. Pobre Glenn Close, como sufre. Hace de mala, malísima, todo hay que decirlo, pero fue ver la película y entrar en una especie de catarsis. Qué mal lo pasa la pobre, y qué pedazo de actriz, por cierto. Total, que acabó la película, Y y yo, con un nudo en el estómago, agarré el móvil y le escribí un WhatsApp. Le dije que lo nuestro había sido una atracción fatal, que me sentía como Glenn Close pero que él, por mucho que se empeñara, nunca sería Michael Douglas, así que ¿para qué luchar por su amor? "No te voy a dar ese gusto", fueron las últimas palabras de un mensaje interminable del que recuerdo muy poco, porque he de confesar que había bebido de lo lindo. Él no creo que entendiera ni una palabra, pero captó la idea principal que era que quería perderle de vista. El cabrón me contestó que ya estaba bien de escenitas (para ser sinceros, no era la primera vez que le montaba una de aquellas) y que qué me creía yo, que la vida no era una novela rosa de esas que me gusta tanto leer, que estaba harto de que fuera tan peliculero. Y que adiós muy buenas. Y yo me quedé solo, llorando por aquel hombre como antes lo había hecho Glenn Close por Michael Douglas y pensando en una venganza. Pero soy tan malo cuando quiero ir de malo, que aquella idea se fue al traste. Lo que más me jodió fue que me llamara peliculero, eso sí que no se lo perdoné. Aunque meses más tarde, leyendo una biografía de Elizabeth Taylor, vi que el autor la definía como "melodramática por naturaleza", y entonces eso de ser peliculero me gustó, porque quiere decir que me parezco a Liz en eso de que nos gusta montar un drama por casi todo. Y tan contento que me puse, oye.

Pero ya no quiero hablar más de esa rata de dos patas, como le cantaría con mucho tino Paquita la del Barrio, de ese "animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho". Bastante daño me ha hecho ya el muy cabrón. No quiero malgastar ni una sola gota de tinta más en su recuerdo. Qué le den.

Acaban de decir en la radio, cuyo sonido me acompaña mientras escribo estas líneas, que se aproxima en los próximos días una ola de frío siberiana. ¡Siberiana, nada menos! De la mismísima Rusia, capital Moscú, estado federado presidido por ese tal Putin que se jacta de prohibir la "propaganda homosexual" y se queda tan ancho. Pues conmigo iba aviado el muy capullo. Yo, que tengo una pluma que no se puede aguantar, estaría dispuesto a clavársela. La pluma, se entiende. No puedo con eso, no entiendo como en algunos países el hecho de amar sea constitutivo de delito. Me da asco el ser humano por este tipo de cosas, así de claro te lo digo y no me tiembla la mano al escribirlo. 

Con tu permiso, voy a apagar la radio y voy a poner algo de música, que dicen que amansa a las fieras, y que a mi me va a venir de perlas después de haber despotricado un ratito de los hombres. Porque al final la culpa de todo la tienen ellos, el puto género masculino heterosexual. Ellos son los responsables de las guerras, la discriminación, el paro, la mala literatura y hasta de los asuntos del corazón, fíjate lo que te digo, tanto decir que las mujeres y los maricas nos comemos mucho la cabeza y le damos muchas vueltas a las cosas, y resulta que son ellos los retorcidos. Seguro que el responsable de que entre canción y canción los del Spotify te metan publicidad del insufrible nuevo disco de David Bisbal también es un hombre. ¿Pero a quién se le ocurre pensar que a uno que, como yo, está escuchando tranquilamente un disco de Doris Day vaya a interesarle la música de ese patán? Pues a un hombre, seguro, porque todo lo que tocan lo joden. Aquí me tienes a mí, como muestra un botón, tal y como diría mi madre, cargando con una depresión del tamaño de la catedral de Burgos a causa de todos los hombres de mi vida, a cuál más gilipollas. Madre de Dios, la de tacos que estoy escribiendo. No, si Paloma tenía toda la razón del mundo en eso de que tenía que escribir aquí toda la mierda que siento, porque fíjate tú que lo único que sale de mis entrañas es resentimiento al por mayor. Todo eso tiene que salir, tengo que vaciar toda la escoria que llevo dentro y que mejor que en tus hojas, mi queridísimo cuaderno de los chinos, que quien te iba a decir a ti, en tus orientales inicios de fabricación, que ibas a acabar en manos de un gay deprimido que no hace más que contarte tristezas y desdichas. Así es la vida, uno nunca sabe que destino le espera, ya seas persona o bloc de notas.

Te hablaba antes del daño que me han hecho todos y cada uno de los hombres que han pasado por mi vida. Menos mi abuelo Federico, que me quería con locura, todos los demás han sido letales para mi existencia. Mi padre y mi hermano, muy machos ambos, se toparon con mi amaneramiento y a base de insultos y algún que otro golpe, me hicieron la vida imposible. Hoy, por suerte, ninguno de los dos está ya en este mundo. Mi padre falleció hace cosa de cinco años, fue una muerte lenta y agónica, puesto que le detectaron un cáncer que durante años fue extendiéndose a partes del cuerpo que desconocíamos que existieran. El tío aguantó como un jabato todo tipo de tratamientos. La verdad es que en sus últimos días, el pobre terminó por aceptarme. Cuando tienes un hijo mariquita, y estás enfermo, tienes la garantía de que no se va a separar de ti ni un solo momento. Y así fue. Le cuidé como nadie, entre mi madre y yo nos turnábamos para no dejarle solo en el hospital. Una de las últimas noches le llevé escondida en mi mochila una botella de tequila y allí, entre cilindros de oxígeno y sueros colgantes, nos pillamos una cogorza que para qué te cuento. Mi padre, que se llamaba Antonio como yo, me dijo entonces que estaba orgulloso de mi. Debía ser verdad, porque dicen que los borrachos nunca mienten. Pero que me tuviera que decir eso hasta arriba de alcohol, manda narices. 

Mi hermano nunca me dijo nada parecido y creo que, de seguir vivo, no me lo diría jamás. Yo siempre fui para él un sarasa, un bujarrón, un maricón... que digo yo la cantidad de nombres despectivos que nos han puesto los hombres a lo largo de los siglos, tú, muy importantes les deberíamos parecer porque si no, no me explico tanta variedad léxica de un género que por regla general es parco en palabras. El caso es que hace tres años cogió el coche y se mató. Como una cuba estaba, porque se había pasado toda la noche bebiendo de un bar en otro. Pobre Ángel, que así se llamaba, aunque de ángel tenía muy poco. Para mi siempre fue un demonio, el peor hermano mayor que se pueda tener. Pero no le culpo, fíjate. Era un hijo de la grandísima puta (con perdón de mi madre), porque solo con maltratar a un familiar o a cualquiera uno ya obtiene ese título, el de Hijo de Puta, así con mayúsculas y Honoris Causa a poder ser, pero el hizo lo que vio hacer a mi padre. Ni más, ni menos. Esto que ahora te estoy contando, que ahora parece una brutalidad, era de lo más normal del mundo en cualquier familia. El maltrato estaba a la orden del día y era un asunto estrictamente familiar, ya fuera a la mujer, a los hijos o entre hermanos. 

En fin, que no quiero ponerme triste y como siga por estos derroteros, al final voy a acabar llorando. Luego también está lo del colegio, que anda que no me llovían palos ni nada por quedarme con las niñas en un rincón a hablar a la hora del recreo. A mi, que me daban miedo las pelotas, las de fútbol entiéndeme, me daban verdadero pavor los juegos a los que acostumbraban a jugar los niños. Odiaba el fútbol con todas mis fuerzas. Lo odio incluso desde antes de nacer. Resulta que mi padre siempre me ha contado que, la noche en la que decidí salir al mundo, le jodí un partido de la selección española. Vamos, que por culpa de mi nacimiento el hombre se perdió el partidazo del año. En los últimos meses de vida yo le decía que tampoco era para tanto, que los de la selección española de entonces, allá por el año ochenta y cinco, eran unos paquetes. Al final, la noche aquella del tequila en la habitación del hospital, me acabó dando la razón. "Mereció la pena perderme ese partido, Antoñito". Después de aquellas palabras suyas, di a mi padre el primer beso de amor de nuestra vida. 

¡Ay, los hombres!. Podría seguir escribiendo mil y una desgracias de estos seres, pero no se lo merecen. Ahora me apetece hablarte de mi madre. Mi querida Ana María, que la amo con locura, que siempre me ha aceptado tal cual soy, que me ha querido y que yo creo que se siente un poco culpable de todo lo que me ha pasado en la vida. Hace poco, una noche que estábamos cenando un gazpacho muy rico (como buena manchega, mi madre hace unos gazpachos que quitan el hipo), me dijo: "¡Ay, hijo mío! ¡Antoñito de mi vida! Que tengo que decirte una cosa que me está pudriendo el alma desde que eras un crío". Yo, que me esperaba lo peor (ya os he contado mi tendencia al melodrama, que soy igualito que Liz Taylor), le pregunté con voz temblorosa: "Madre. ¿Qué tiene que decirme?". Aquello, visto desde fuera, debería parecer un sainete cómico: mi madre y yo, sentados uno enfrente del otro en una mesa camilla cubierta por un hule de los chinos, tomando un gazpacho y, de repente, una confesión. "Venga, madre, desembuche. ¿Qué pasa?". Mi madre dio un trago del gazpacho, se limpió la comisura de los labios con una servilleta de papel y me dijo con toda la serenidad del mundo: "Hijo, yo soy la culpable de todo". Y entonces comenzó a contarme que, cuando se enteró que se había quedado embarazada, pidio al Cielo y a la Virgen que ya que había tenido a su Angelito lo que ahora quería era una niña. Tanto y tanto se encomendó a la Virgen del Carmen que al final salí yo, de aquella manera. Me dio tal ataque de risa que no pude probar más gazpacho por riesgo de atragantamiento. Pero la pobre se cree esa historia, y piensa que yo he salido de "aquella manera" por el Cielo y por la Virgen del Carmen.

Qué difícil es la vida, joder. Como nos encargamos los humanos de enrevesarlo todo. Fíjate si no sería sencillo querer a cada uno tal cual es, sin importar sus circunstancias personales. En eso nos dan miles de vueltas los animales. Ellos no discriminan a nadie. Y hablando de animales, no te he dicho todavía que tengo un perro: se llama Lucas. Un día que iba caminando dirección al supermercado en el que trabajo cruzó una calle y le atropelló un coche. Menudo cabrón el conductor, se fue corriendo sin hacerse cargo del pobre animalito. Total, que lo recogí y como yo en materia de clínicas veterinarias controlo poco, no se me ocurrió otra cosa que llevarle al ambulatorio. Sí, sí, a donde vamos todos los mortales cuando tenemos una gripe o pillamos una gastrionteritis. La gente me miraba anonadada y no era para menos: verme a mi, con mi uniforme de cajero de supermercado, cargando en los brazos con un perrito al que le sangraba una pata en un ambulatorio era una escena digna de otro sainete. Cuando ya estaba a punto de echarme la recepcionista, que yo no sé por qué será que todas las recepcionistas de los ambulatorios tienen tan mala leche, apareció Carmen, una de las enfermeras, y me fui con ella hasta una sala en la que le examinó la herida y se la curó. Mi preciosidad canina, como le llamo yo, es adorable. Es pequeñito y me encanta darle miles de besos en su peluda cabeza. Nos hace mucha compañía a mi madre y a mi, y ambos le adoramos.

¿Sabes lo que te digo? Que con tu permiso voy a hacerme un colacao bien calentito. Son casi las doce de la noche y no he parado de escribir desde las diez, hora en la que mi madre se ha ido a la cama. Yo en un rato haré lo propio. Te voy a decir una última cosa: has cumplido el cometido que te encomendó Paloma pero muy requetebién, te has portado como un señor cuaderno, soportando todas y cada una de mis movidas. Sienta bien esto de vaciar el alma, oye.

2 comentarios:

  1. Esto es emocionante. O emotivo, como los anteriores relatos. La vida es muy puta y las relaciones con los demás, la complican aún más sin remisión. Nos topamos demasiado a menudo, con gente que no merecemos, por el daño que nos pueden causar, ni nos merecen.Todo lo que cuentas es muy auténtico y convincente. O creíble. Y tus personajes son dignos de conocer y querer. Es muy difícil, al menos para mí, conocer gente digna de ello. Por esa razón en mi novela escribí sobre personajes que me gustaría conocer y tener al lado, a diario. Buena gente. Debo estar muy necesitado de ellos. Y algo que me ha llamado la atención, es que uno de esos personajes de esa novela, es un joven gay al cual su hermano mayor y su padre, le amargan la vida a base de insultos y golpes, ante el sufrimiento de su madre, que se siene culpable por no ser capaz de protegerle. Afortunadamente, en la ficción, puedes hacer que todo mejore para alguien que lo merece. Ojalá fuera así siempre en la vida real.

    Adoro La extraña pasajera, a Bette Davis y a Doris Day. También a Liz Taylor. Y me conmueve que alguien sea capaz de rescatar a un perro abandonado y herido.

    Preciosas tus historias, Mario. Es un placer leerlas.

    Gracias y besos.

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    1. ¡Muchas gracias por tus palabras! Me encantaría leer tu novela, ¿hay alguna forma de conseguirla? Un beso y mil gracias por tus bonitas palabras, me animan mucho a seguir escribiendo.

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