viernes, 24 de marzo de 2017

Entrevista en Onda Arcoíris


El pasado trece de febrero tuve el honor de ser entrevistado por Alberto Rodrigo en su programa "La Comunidad", en Onda Arcoíris. La entrevista giró en torno a mi trabajo como animador sociocultural con personas mayores y hablé, sobre todo, de la importancia del amor. Podéis escuchar el programa en el siguiente enlace:

jueves, 16 de marzo de 2017

Vaciar el alma


Ayer quedé a tomar café con mi amiga Paloma y te trajo hasta mí, envuelto con mucho gusto y engalanado con un precioso lazo. Cuando te vi sentí un flechazo instantáneo. “Antes de venir me he pasado por los chinos y te lo he comprado, para que escribas lo que sientes. Para que eches afuera toda esa mierda que te está pudriendo el corazón y el cerebro”. Me acordé entonces de Clara, la protagonista de “La casa de los espíritus” y de esa afición suya de escribirlo todo en sus cuadernos de anotar la vida.

Tiene mucha razón Paloma en eso de que hay que sacar la mierda que uno lleva dentro. Pero yo soy de las típicas personas que se lo callan todo para no aburrir a los demás con mis movidas. Al fin y al cabo, ¿a quién le importa lo que a uno le pase en sus entrañas? Cada cual carga con su cruz, y eso es lo que me han enseñado desde pequeñito: que los asuntos privados del corazón, cuanto más encerrados bajo llave, mejor. 

Y ahora, si te parece, me presentaré: me llamo Antonio y tengo depresión desde hace muchos años, y eso que solo tengo treinta y uno. Soy gay. No sé si este dato importa mucho, el caso es que algunos psicólogos de carrera y otros de boquilla me han dicho que los gays, aun viviendo en una sociedad y en un país como el nuestro, tan abierto para esas cosas de la homosexualidad, tenemos una vida más difícil que el resto de los mortales heteros. Es cierto que mi vida ha sido difícil y ha venido marcada desde niño por los insultos, porque además del gusto por los hombres, Dios o quien sea me ha otorgado una pluma prominente, pero no creo que eso haya sido determinante para que me encuentre así de hecho polvo. Hace seis meses decidí acudir a las autoridades sanitarias pertinentes a buscar ayuda y, desde entonces, tomo cada día doble ración de Fluoxetina nada más levantarme y un potente hipnótico que se llama Zolpidem para poder conciliar el sueño por las noches. 

El caso es que cuando le conté al médico de cabecera mi afición de mezclar somníferos que sustraía del pastillero de mi madre con altas dosis de alcohol, se echó las manos a la cabeza y me derivó al psiquiatra de urgencia. Desde ese día, siempre que acudo a la consulta de psiquiatría de la Seguridad Social me siento como un personaje de “Los renglones torcidos de Dios”. Y es que en la sala de espera de Salud Mental convivimos toda suerte de personas con sus respectivas enfermedades, desde depresiones hasta esquizofrenias, pasando por bipolaridades, psicosis o manías varias, entre otras muchas que desconozco y que el cerebro fabrica en su afán de jodernos la vida a unos cuantos elegidos. 

Qué puta es la serotonina. Tiene cojones que de esa sustancia tan nimia dependa la felicidad del ser humano. Pero el cabrón de mi cerebro se ve que no segrega la cantidad suficiente y por esa razón el psiquiatra me recetó prozac a mansalva, para ver si trataba de poner en marcha ese neurotransmisor que yo debo tener atrofiado.

Y así, empastillado hasta las trancas, el psiquiatra pretende que a no mucho tardar me deje de dar asco la vida. Difícil misión. Aunque por lo pronto, la depresión parece haberme dado una tregua y me está permitiendo escribir todas estas líneas de un tirón, cosa rara, porque desde que la muy puta apareciera en mi vida dejó de interesarme todo. Yo, que siempre he sido un devorador incansable de libros, soy incapaz de concentrarme en ningún tipo de lectura. Y es que ni el catálogo del LIDL me deja hojear la condenada. Ni siquiera las películas en blanco y negro de Bette Davis, que en otro tiempo me fascinaban, consiguen captar mi atención. Aquí las tengo todas, cogiendo polvo en la estantería, metiditas en su caja y ordenadas cronológicamente por fecha de estreno: la primera es "Cautivo del deseo" y la última, "Las ballenas de agosto". Entre ambas se encuentra una que me encanta, "La extraña pasajera". Es la historia de una mujer que está deprimida y, bajo prescripción facultativa, emprende un viaje en barco en el que conoce a un hombre del que se enamora, pero resulta que el galán en cuestión está casado. Al final la pobre Charlotte, creo que es así como se llama el personaje, se conforma con su suerte y le dice a su enamorado: "No pidamos la luna, porque tenemos las estrellas". 

¿Sabes? Yo también he estado en esa tesitura de estar con un hombre casado. Y mira a lo que me ha llevado la dichosa aventura, a contraer una depresión de caballo. Menudo hijo de puta fue Chente conmigo. Decía Shirley MacLaine en "El Apartamento" que si te enamoras de un hombre casado, no te pongas rímel. Que maravillosa es la MacLaine, por cierto, cuanto me han ayudado sus libros de espiritualidad. Pero no quiero irme por las ramas. Te estaba hablando de Chente, que menudo cabrón. A estas alturas no sé quién se enamoró de ese cerdo, si fui yo o fue mi baja autoestima. El caso es que nos conocimos a través de un Chat y hemos estado juntos unos seis meses, hasta que le puse el alto. Eso de ser "la otra" queda muy bien en una telenovela mexicana, pero en la vida real sienta como una patada en el culo. Pero fíjate que tuve que ver una película para darme cuenta de que estaba malgastando mi vida. 

Un sábado por la tarde como otro cualquiera, en el que el susodicho estaba disfrutando de su vida familiar con su mujer e hijos, me tumbé en el sofá de mi casa dispuesto a ver algún coñazo vespertino de esos que echan por la tele los fines de semana y, haciendo zapping, me topé con "Atracción fatal", la película en la que Glenn Close se lía con Michael Douglas, que está casado y después de un par de encuentros sexuales, el tío se desentiende de su amante, la cual esta pilladísima. Pobre Glenn Close, como sufre. Hace de mala, malísima, todo hay que decirlo, pero fue ver la película y entrar en una especie de catarsis. Qué mal lo pasa la pobre, y qué pedazo de actriz, por cierto. Total, que acabó la película, Y y yo, con un nudo en el estómago, agarré el móvil y le escribí un WhatsApp. Le dije que lo nuestro había sido una atracción fatal, que me sentía como Glenn Close pero que él, por mucho que se empeñara, nunca sería Michael Douglas, así que ¿para qué luchar por su amor? "No te voy a dar ese gusto", fueron las últimas palabras de un mensaje interminable del que recuerdo muy poco, porque he de confesar que había bebido de lo lindo. Él no creo que entendiera ni una palabra, pero captó la idea principal que era que quería perderle de vista. El cabrón me contestó que ya estaba bien de escenitas (para ser sinceros, no era la primera vez que le montaba una de aquellas) y que qué me creía yo, que la vida no era una novela rosa de esas que me gusta tanto leer, que estaba harto de que fuera tan peliculero. Y que adiós muy buenas. Y yo me quedé solo, llorando por aquel hombre como antes lo había hecho Glenn Close por Michael Douglas y pensando en una venganza. Pero soy tan malo cuando quiero ir de malo, que aquella idea se fue al traste. Lo que más me jodió fue que me llamara peliculero, eso sí que no se lo perdoné. Aunque meses más tarde, leyendo una biografía de Elizabeth Taylor, vi que el autor la definía como "melodramática por naturaleza", y entonces eso de ser peliculero me gustó, porque quiere decir que me parezco a Liz en eso de que nos gusta montar un drama por casi todo. Y tan contento que me puse, oye.

Pero ya no quiero hablar más de esa rata de dos patas, como le cantaría con mucho tino Paquita la del Barrio, de ese "animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho". Bastante daño me ha hecho ya el muy cabrón. No quiero malgastar ni una sola gota de tinta más en su recuerdo. Qué le den.

Acaban de decir en la radio, cuyo sonido me acompaña mientras escribo estas líneas, que se aproxima en los próximos días una ola de frío siberiana. ¡Siberiana, nada menos! De la mismísima Rusia, capital Moscú, estado federado presidido por ese tal Putin que se jacta de prohibir la "propaganda homosexual" y se queda tan ancho. Pues conmigo iba aviado el muy capullo. Yo, que tengo una pluma que no se puede aguantar, estaría dispuesto a clavársela. La pluma, se entiende. No puedo con eso, no entiendo como en algunos países el hecho de amar sea constitutivo de delito. Me da asco el ser humano por este tipo de cosas, así de claro te lo digo y no me tiembla la mano al escribirlo. 

Con tu permiso, voy a apagar la radio y voy a poner algo de música, que dicen que amansa a las fieras, y que a mi me va a venir de perlas después de haber despotricado un ratito de los hombres. Porque al final la culpa de todo la tienen ellos, el puto género masculino heterosexual. Ellos son los responsables de las guerras, la discriminación, el paro, la mala literatura y hasta de los asuntos del corazón, fíjate lo que te digo, tanto decir que las mujeres y los maricas nos comemos mucho la cabeza y le damos muchas vueltas a las cosas, y resulta que son ellos los retorcidos. Seguro que el responsable de que entre canción y canción los del Spotify te metan publicidad del insufrible nuevo disco de David Bisbal también es un hombre. ¿Pero a quién se le ocurre pensar que a uno que, como yo, está escuchando tranquilamente un disco de Doris Day vaya a interesarle la música de ese patán? Pues a un hombre, seguro, porque todo lo que tocan lo joden. Aquí me tienes a mí, como muestra un botón, tal y como diría mi madre, cargando con una depresión del tamaño de la catedral de Burgos a causa de todos los hombres de mi vida, a cuál más gilipollas. Madre de Dios, la de tacos que estoy escribiendo. No, si Paloma tenía toda la razón del mundo en eso de que tenía que escribir aquí toda la mierda que siento, porque fíjate tú que lo único que sale de mis entrañas es resentimiento al por mayor. Todo eso tiene que salir, tengo que vaciar toda la escoria que llevo dentro y que mejor que en tus hojas, mi queridísimo cuaderno de los chinos, que quien te iba a decir a ti, en tus orientales inicios de fabricación, que ibas a acabar en manos de un gay deprimido que no hace más que contarte tristezas y desdichas. Así es la vida, uno nunca sabe que destino le espera, ya seas persona o bloc de notas.

Te hablaba antes del daño que me han hecho todos y cada uno de los hombres que han pasado por mi vida. Menos mi abuelo Federico, que me quería con locura, todos los demás han sido letales para mi existencia. Mi padre y mi hermano, muy machos ambos, se toparon con mi amaneramiento y a base de insultos y algún que otro golpe, me hicieron la vida imposible. Hoy, por suerte, ninguno de los dos está ya en este mundo. Mi padre falleció hace cosa de cinco años, fue una muerte lenta y agónica, puesto que le detectaron un cáncer que durante años fue extendiéndose a partes del cuerpo que desconocíamos que existieran. El tío aguantó como un jabato todo tipo de tratamientos. La verdad es que en sus últimos días, el pobre terminó por aceptarme. Cuando tienes un hijo mariquita, y estás enfermo, tienes la garantía de que no se va a separar de ti ni un solo momento. Y así fue. Le cuidé como nadie, entre mi madre y yo nos turnábamos para no dejarle solo en el hospital. Una de las últimas noches le llevé escondida en mi mochila una botella de tequila y allí, entre cilindros de oxígeno y sueros colgantes, nos pillamos una cogorza que para qué te cuento. Mi padre, que se llamaba Antonio como yo, me dijo entonces que estaba orgulloso de mi. Debía ser verdad, porque dicen que los borrachos nunca mienten. Pero que me tuviera que decir eso hasta arriba de alcohol, manda narices. 

Mi hermano nunca me dijo nada parecido y creo que, de seguir vivo, no me lo diría jamás. Yo siempre fui para él un sarasa, un bujarrón, un maricón... que digo yo la cantidad de nombres despectivos que nos han puesto los hombres a lo largo de los siglos, tú, muy importantes les deberíamos parecer porque si no, no me explico tanta variedad léxica de un género que por regla general es parco en palabras. El caso es que hace tres años cogió el coche y se mató. Como una cuba estaba, porque se había pasado toda la noche bebiendo de un bar en otro. Pobre Ángel, que así se llamaba, aunque de ángel tenía muy poco. Para mi siempre fue un demonio, el peor hermano mayor que se pueda tener. Pero no le culpo, fíjate. Era un hijo de la grandísima puta (con perdón de mi madre), porque solo con maltratar a un familiar o a cualquiera uno ya obtiene ese título, el de Hijo de Puta, así con mayúsculas y Honoris Causa a poder ser, pero el hizo lo que vio hacer a mi padre. Ni más, ni menos. Esto que ahora te estoy contando, que ahora parece una brutalidad, era de lo más normal del mundo en cualquier familia. El maltrato estaba a la orden del día y era un asunto estrictamente familiar, ya fuera a la mujer, a los hijos o entre hermanos. 

En fin, que no quiero ponerme triste y como siga por estos derroteros, al final voy a acabar llorando. Luego también está lo del colegio, que anda que no me llovían palos ni nada por quedarme con las niñas en un rincón a hablar a la hora del recreo. A mi, que me daban miedo las pelotas, las de fútbol entiéndeme, me daban verdadero pavor los juegos a los que acostumbraban a jugar los niños. Odiaba el fútbol con todas mis fuerzas. Lo odio incluso desde antes de nacer. Resulta que mi padre siempre me ha contado que, la noche en la que decidí salir al mundo, le jodí un partido de la selección española. Vamos, que por culpa de mi nacimiento el hombre se perdió el partidazo del año. En los últimos meses de vida yo le decía que tampoco era para tanto, que los de la selección española de entonces, allá por el año ochenta y cinco, eran unos paquetes. Al final, la noche aquella del tequila en la habitación del hospital, me acabó dando la razón. "Mereció la pena perderme ese partido, Antoñito". Después de aquellas palabras suyas, di a mi padre el primer beso de amor de nuestra vida. 

¡Ay, los hombres!. Podría seguir escribiendo mil y una desgracias de estos seres, pero no se lo merecen. Ahora me apetece hablarte de mi madre. Mi querida Ana María, que la amo con locura, que siempre me ha aceptado tal cual soy, que me ha querido y que yo creo que se siente un poco culpable de todo lo que me ha pasado en la vida. Hace poco, una noche que estábamos cenando un gazpacho muy rico (como buena manchega, mi madre hace unos gazpachos que quitan el hipo), me dijo: "¡Ay, hijo mío! ¡Antoñito de mi vida! Que tengo que decirte una cosa que me está pudriendo el alma desde que eras un crío". Yo, que me esperaba lo peor (ya os he contado mi tendencia al melodrama, que soy igualito que Liz Taylor), le pregunté con voz temblorosa: "Madre. ¿Qué tiene que decirme?". Aquello, visto desde fuera, debería parecer un sainete cómico: mi madre y yo, sentados uno enfrente del otro en una mesa camilla cubierta por un hule de los chinos, tomando un gazpacho y, de repente, una confesión. "Venga, madre, desembuche. ¿Qué pasa?". Mi madre dio un trago del gazpacho, se limpió la comisura de los labios con una servilleta de papel y me dijo con toda la serenidad del mundo: "Hijo, yo soy la culpable de todo". Y entonces comenzó a contarme que, cuando se enteró que se había quedado embarazada, pidio al Cielo y a la Virgen que ya que había tenido a su Angelito lo que ahora quería era una niña. Tanto y tanto se encomendó a la Virgen del Carmen que al final salí yo, de aquella manera. Me dio tal ataque de risa que no pude probar más gazpacho por riesgo de atragantamiento. Pero la pobre se cree esa historia, y piensa que yo he salido de "aquella manera" por el Cielo y por la Virgen del Carmen.

Qué difícil es la vida, joder. Como nos encargamos los humanos de enrevesarlo todo. Fíjate si no sería sencillo querer a cada uno tal cual es, sin importar sus circunstancias personales. En eso nos dan miles de vueltas los animales. Ellos no discriminan a nadie. Y hablando de animales, no te he dicho todavía que tengo un perro: se llama Lucas. Un día que iba caminando dirección al supermercado en el que trabajo cruzó una calle y le atropelló un coche. Menudo cabrón el conductor, se fue corriendo sin hacerse cargo del pobre animalito. Total, que lo recogí y como yo en materia de clínicas veterinarias controlo poco, no se me ocurrió otra cosa que llevarle al ambulatorio. Sí, sí, a donde vamos todos los mortales cuando tenemos una gripe o pillamos una gastrionteritis. La gente me miraba anonadada y no era para menos: verme a mi, con mi uniforme de cajero de supermercado, cargando en los brazos con un perrito al que le sangraba una pata en un ambulatorio era una escena digna de otro sainete. Cuando ya estaba a punto de echarme la recepcionista, que yo no sé por qué será que todas las recepcionistas de los ambulatorios tienen tan mala leche, apareció Carmen, una de las enfermeras, y me fui con ella hasta una sala en la que le examinó la herida y se la curó. Mi preciosidad canina, como le llamo yo, es adorable. Es pequeñito y me encanta darle miles de besos en su peluda cabeza. Nos hace mucha compañía a mi madre y a mi, y ambos le adoramos.

¿Sabes lo que te digo? Que con tu permiso voy a hacerme un colacao bien calentito. Son casi las doce de la noche y no he parado de escribir desde las diez, hora en la que mi madre se ha ido a la cama. Yo en un rato haré lo propio. Te voy a decir una última cosa: has cumplido el cometido que te encomendó Paloma pero muy requetebién, te has portado como un señor cuaderno, soportando todas y cada una de mis movidas. Sienta bien esto de vaciar el alma, oye.

lunes, 13 de marzo de 2017

Libre de orgullos



No me da pena que en todo este tiempo no me hayas escrito.
De verdad, no es eso.
Lo que verdaderamente me ha jodido
es que no hayas tenido ni un momento de debilidad.

¿Qué a que me refiero, dices?

Pues a uno de esos momentos en los que,
después de tomarte tres o cuatro copas,
la nostalgia entra en guerra con el orgullo
y acabas descolgando el teléfono.

Dura un instante, tal vez unos segundos,
pero es una oportunidad preciosa que nos da la vida
para regalar un "te quiero" o un "cuánto te echo de menos",
o, simplemente, un "hola, ¿qué tal?",
pero puro y auténtico, libre de orgullos.

Lo que duele


Hay que ver lo que es la vida, tú.
A veces estamos arriba, otras abajo.
Casi siempre girando.

Las palabras se arremolinan en tu interior.
Te declaran la guerra, literalmente.
Te gritan: ¡escribe o muere!.
Y al final, coges papel y boli, y escribes.

Van surgiendo poco a poco palabras, sentimientos escondidos,
que dan forma a historias que siempre quisiste escribir.
O tal vez protagonizar. Pero eso da igual.

Porque, al final, todo es mentira.
Lo que piensas y lo que escribes.
Todo es mentira, menos los sentimientos.
Esos sí que son verdaderos.
No los vemos, pero a veces duelen.
Y por eso sabemos que existen.

Todo lo que duele, existe.
Todo lo que existe, duele.

sábado, 4 de marzo de 2017

Siempre diva


La primera vez que escuché el nombre de Violeta Luján fue en boca de mi abuela. Recuerdo que era sábado, y a eso de las cinco y media de la tarde, mientras la mayor parte de sus compañeros se lo pasaban pipa jugando al bingo, mi abuela Petra me reveló el nombre de su nueva compañera de habitación, envuelto en un halo de misterio que despertó mi curiosidad.

¿La conocías de antes? pregunté.

Fue entonces cuando me contó que la cama que hasta hacía dos días había sido de Juanita, su anterior compañera -fallecida víctima de un derrame cerebral, Dios la tenga en su gloria-, pasaba a ocuparla la tal Violeta, que no es que la conociera ella, es que la conocía todo el mundo, lo que pasa es que "estos jóvenes de hoy no os enteráis de nada, que ya quisieran las cantantes de ahora cantar como en su día lo hizo Violeta Luján, con esa elegancia y esa clase". Mi abuela y yo estábamos tomando un café con leche en la amplia cafetería de la residencia de ancianos en la que llevaba ya tres años viviendo. Acompañaba a nuestra charla toda una retahíla de números, del uno al noventa, y muy de vez en cuando, un grito de línea o de bingo que convertía al ganador en el flamante propietario de toda suerte de cachivaches, desde llaveros de talleres mecánicos que seguramente ya ni existían hasta horrorosos souvenirs, de Benidorm en su mayoría, que en el pasado habían hecho las delicias de los más pintorescos muebles de salón y mesas camilla, y que ahora donaban los familiares y trabajadores para tal fin, porque eso de jugar con dinero está prohibido. El caso es que yo me quedé un rato pensando en el nombre de la susodicha, tratando de indagar en mi memoria si alguna vez había visto u oído hablar de esa tal Violeta Luján que cantaba, según mi abuela, con tanta elegancia.

Abuela, no sé quien es.

Y ante la indignación que se estaba dibujando en su rostro debido a mi ignorancia, me apresuré a decirle que era raro que yo no supiera de la existencia de Violeta Luján si, como bien sabía ella, un servidor entendía de lo lindo de artistas españoles de los cincuenta y los sesenta ya que, durante mi infancia, ambos nos apoltronábamos en su rojo sofá de escay todos los sábados y veíamos Cine de barrio.

Es que a ella no la dejaron hacer películas, hijo.

¿Y eso?, pregunté mientras daba un sorbo a mi taza de café. ¿Tan mala actriz era?

¡Violeta era buena en todo lo que hacía! Pero se enamoró de un comunista y eso, en tiempos de Franco, era la ruina para cualquiera.

Fue entonces cuando mi abuela me soltó un monólogo sobre la vida de aquella famosa artista de la que yo no había oído hablar en mi vida. Ella, que conoce la vida, obra y milagros de todas las celebridades, nacionales e internacionales, porque lleva años leyendo y guardando en una inmensa carpeta el coleccionable "Vidas interesantes" que cada semana regala a sus lectores la revista Pronto, me habló de su dura infancia en un pueblo de La Mancha durante los años de la posguerra, de cómo siendo ya una guapa adolescente ganó un concurso de nuevos talentos que organizaba una emisora de radio ya extinta, de aquellos viejos discos de vinilo que se vendían como churros, de sus canciones con letra y música de Agustín Lara y José Alfredo Jiménez, entre otros grandes compositores de la época. Me contó del éxito de aquella mujer, que llenaba los principales teatros de toda España, de sus canciones que no paraban de sonar en aquellos programas radiofónicos de peticiones del oyente.

Pero ocurrió que, en el cenit de su carrera, Violeta se esfumó de la faz de la tierra. Sus discos desaparecieron de las estanterías de las tiendas, y las emisoras de radio dejaron de poner sus canciones. Años más tarde, cuando se restableció la democracia, se supo que había sido detenida y permaneció mucho tiempo encarcelada por colaborar con el PCE. Resulta que Violeta era la amante de un importante dirigente comunista y había ayudado a financiar el partido en la clandestinidad.

Yo escuchaba absorto el relato acerca de aquella mujer a la que estaba a punto de conocer. Mi abuela, después de narrarme su biografía con pelos y señales, se levantó de la silla y, enfundada en su andador, que hacía las veces de sujeta bolsos y perchero, me dirigió hasta su habitación, la trescientos tres. Allí, sentada en un sillón, me encontré a Violeta Luján. Era una mujer pequeña, con el pelo blanco y unos ojos azules que llamaban poderosamente la atención.

Violeta, este es mi nieto Juan Carlos.

La señora me dio un par de besos muy sonoros en ambas mejillas, me dijo lo guapo que yo era y lo buena que estaba siendo mi abuela Petra con ella. Para corresponderle, le mostré mi profunda admiración por su carrera artística, como si la conociera de toda la vida.

Oh, gracias, querido. Me sorprende que un jovencito como tú haya oído hablar de mi.

En aquel momento, Violeta comenzó a hablarme de sus años de gloria. Mi abuela se sentó en el otro sillón que había en la habitación, y yo hice lo propio sobre una de las dos camas, mientras su compañera me embobaba con una historia de éxito, canciones y persecución política.

Estuve a punto de estrenar "Las Leandras". Iba a interpretar el papel de Concha, la protagonista. Hubiese sido mi debut en el mundo del teatro, y después quién sabe si hubiera comenzado una carrera de intérprete también en el cine. Cantaba como nadie "El Pichi" y "Los Nardos", y la java de las viudas arrancaba aplausos de los miembros de la orquesta durante los ensayos. Pero antes de que estrenáramos, en el Teatro Calderón de Madrid, me encarcelaron.

La tristeza de su voz me inspiró una idea que pronuncié en voz alta. Podría representar aquella obra musical en el salón de actos de la residencia, ante sus compañeros y familiares. Si bien es cierto que aquel recinto no es precisamente el Teatro Calderón, al menos podría quitarse esa espinita de no haber podido nunca realizar aquel papel.

Pero, muchacho. ¿No ves la edad que yo tengo? Yo no puedo interpretar a Concha, que es una colegiala metida a vedette. Además, me cuesta mucho moverme, tengo que usar mi bastón para cualquier desplazamiento. Y no digamos nada de mi voz, que ya no es la que era.

-Pero la obra se puede adaptar. Déjeme que lo hable con la animadora sociocultural y lo preparamos todo, por favor. Seguro que está dispuesta a colaborar y podemos encontrar entre sus compañeros voluntarios para realizar los otros papeles.

Aquella alocada idea fue, poco a poco, convirtiéndose en realidad. Después de habar con Sole, la animadora, nos pusimos manos a la obra e hicimos un divertido casting entre sus compañeros para elegir a aquellos que interpretarían los papeles restantes. Mi abuela Petra sería Aurora, la segunda vedette que en la obra tiene envidia del éxito de Concha, papel principal que por supuesto interpretaría Violeta Luján. Fuimos poco a poco completando el reparto, pero fueron tantos los residentes que quisieron participar en "Las Leandras" que tuvimos que añadir personajes nuevos, divertidos todos ellos, e incluso incluir más números musicales. Sole y yo fuimos a los chinos y agotamos todas las boas de plumas y mantones de Manila que había, así como pelucas, abanicos y demás complementos que nos servirían de atrezzo para nuestra obra. Ensayábamos los martes y los jueves por la tarde, y todos nos quedábamos embobados ante la elegancia y el buen hacer en el escenario de Violeta. Sole había conseguido las pistas instrumentales de las canciones de la obra, y la otrora famosa artista interpretaba como nadie aquellas viejas canciones.

Estuvimos ensayando cerca de tres meses. Violeta estaba emocionada porque por fin iba a interpretar ante el público aquel tan anhelado papel. En toda la residencia había una expectación máxima los días previos al estreno. Colocamos carteles anunciando el regreso triunfal de Violeta Luján a los escenarios, con grandes letras y una gran foto suya envuelta por lentejuelas y boas de pluma de diferentes colores. Cuando se vio así retratada, Violeta lloró de la emoción, asegurando que nunca había estado más feliz en su vida.

El día previo al estreno teníamos programado un ensayo general por la mañana. Pero Violeta no asistió. La noche anterior había fallecido de un infarto mientras dormía. Todos lloramos su pérdida, y no pensamos más en la obra, ya que dábamos por hecho que iba a suspenderse el estreno. Me dio mucha pena que, de nuevo, el destino hubiese truncado el debut teatral de la gran Violeta. Sin embargo, pensé en lo feliz que había estado durante todo ese tiempo, y que todo ese esfuerzo había merecido la pena. El nombre de Violeta Luján había vuelto a brillar y su arte nos había encandilado a todos. Recuerdo que aquel día lloré amargamente pensando en ella. Cuando salí de la residencia, me dirigí a La Metralleta, una tienda de discos antiguos, y allí encontré dos vinilos de Violeta Luján. Los compré y, en el viejo tocadiscos de mi abuela, que conservo como un tesoro, escuché durante toda la noche la voz de aquella mujer que me había enamorado. Encendí una vela en su honor que puse a los pies de una de las portadas de los discos, a modo de altar. Me recosté en mi cama y, arrullado por la voz de aquella mujer, me quedé dormido.

Al día siguiente, una idea me despertó de golpe. Llamé por teléfono a Sole y le dije que teníamos que estrenar la obra sí o sí.

Pero, ¿estás loco? ¿Quién va a interpretar el papel protagonista?

Pues Violeta Luján, le contesté yo.

Antes de que pensara que en efecto había enloquecido, le expliqué que yo mismo haría el papel. Pasé toda la mañana maquillándome, inspirándome en las dos portadas de los discos de Violeta. Cuando ya estaba caracterizado, acudí a la residencia de esa guisa. En el momento en el que Sole me vio, me abrazó y me confesó que aunque aquella idea mía al principio le había parecido una locura, era sin embargo el mejor homenaje que podríamos hacer a nuestra amiga la Luján. Me puse una peluca y el vestido de lentejuelas y, cuando terminé de caracterizarme, me miré en un espejo y asombró a propios y a extraños lo mucho que me parecía a Violeta.

Aquella tarde, a las cinco y media, estrenábamos. Eran las tres, y cuando asistí al que sería el último ensayo, todos mis compañeros de reparto, incluida mi abuela, me recibieron con una gran ovación. Aquel ensayo general nos salió redondo, yo me sabía las canciones de memoria y, aunque no cantaba con la elegancia con la que lo hacía Violeta, me defendía bastante bien.

A las cinco y media, el salón de actos estaba a rebosar. Puesto que el aforo estaba completo, había incluso gente de pie que no quería perderse el espectáculo. Sole salió al escenario y leyó unas emocionantes palabras a modo de presentación que conmovieron a los más sentimentales. Cuando se abrió el telón -que en realidad era una vieja cortina rosa que habíamos colocado allí para tal fin-, una ovación increíble se escuchó en aquel improvisado teatro. A medida que actuábamos y cantábamos, los aplausos y las ovaciones se hacían más apasionados. Los números más aplaudidos fueron "El Pichi" y "Los Nardos". También la canción de "Las Viudas" y el charlestón de "Clara Bow" recibieron gran cantidad de aplausos. La apoteosis final, en la que todo el reparto aparecía en escena ataviados con boas de plumas y sombreros de lentejuelas, resultó un número increíble. Cuando acabamos la representación, entre las ovaciones del público y de los propios actores, agarré el micrófono y, mirando al cielo, dije: "Va por ti, amiga". Y en aquel momento tuve la convicción de que Violeta, sobre un escenario en el cielo, rodeada de sus más fervientes admiradores, había interpretado junto a mí cada una de las canciones que aquella tarde la habían vuelto a convertir en la gran diva que siempre fue.

sábado, 25 de febrero de 2017

Tiempos difíciles para el amor


Ayer bebí muchísimo, siete latas de cerveza de medio litro cada una. Me puse hasta el culo de alcohol y de unas galletas de chocolate con forma de dinosaurio que estaban cojonudas y que pillé en el chino en una de mis peregrinaciones en busca de más cerveza con tequila, que es mi favorita. Debería dejar de beber. Me lo ha dicho todo el mundo, desde mi amiga Marta hasta mi psiquiatra, pero yo erre que erre: cada dos o tres días, borrachera al canto. Otra de mis amigas, Cristina, me dice que voy a terminar peor que la Carmina Ordóñez, Dios la tenga en su gloria, por esa afición mía de mezclar somníferos con alcohol. Que más quisiera yo que poder dejar de tomar todas esas mierdas, eso significaría que todo marcha bien en mi cabeza, pero no es así. Estoy hecho un verdadero asco, tanto por dentro como por fuera. Desde que fui al médico y le conté lo de mi tristeza, he debido engordar como cinco kilos. Y todo por culpa de la mirtazapina. Qué hambre me da la muy hija de puta. Que sí, que duermo como un tronco gracias a ella, pero después de atiborrarme de todo lo que se me pone por delante. Una noche, como estamos a final de mes y está la nevera que "si se cae un ratón, se desnuca", como diría mi madre, acabé devorando toda una bolsa de queso rallado para gratinar, marca Día, que me supo a gloria bendita. En otro de mis asaltos nocturnos a la cocina me comí un bote entero de miel a cucharadas. Todos esos excesos los estoy notando en mi ropa, que la muy puta va encogiendo cada día. Menos mal que existe el Primark y uno puede permitirse el lujo de cambiar de talla por unos cuantos euros, aunque vaya hecho un verdadero adefesio.

Y luego está lo de la fatiga, porque tanta tristeza es lo que tiene, que a uno no le entran ganas de moverse de la cama. Hay días que tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para levantarme, porque la sola idea de hacerme el café y la tostada, ducharme, vestirme y coger el metro para ir al trabajo se me antoja, desde mi solitario y desordenado lecho, una hazaña digna de un libro de aventuras de Julio Verne. Pero no me queda otra que poner en marcha cada día esta máquina de huesos y órganos vitales que soy, y al final me acabo levantando de la cama más pronto que tarde. Y de esa guisa, con mi tristeza y mi ganas de nada, ataviado con ropa barata del Primark y sin ningún sentido del estilo, voy camino al trabajo, acompañado de un buen libro y de la música de mi MP3, en el que resuenan una y otra vez canciones de otra época que según el día y mi estado de ánimo pueden ser de Liza Minnelli, Barbra Streisand, Doris Day o Sarita Montiel. En el trabajo intento dejar los problemas colgados en la taquilla, junto a mi ropa, pero hay veces que los muy cabrones no dejan de atormentarme y para hacerles frente me tomo un lorazepam, que es mano de santo, porque al rato se esfuman y todo me importa una mierda. Y así, entre lorazepanes, mirtazapinas, prozac, cervezas con tequila, ropa low cost, canciones pasadas de moda, libros y atracones nocturnos, paso los días intentando encontrarle un sentido a mi vida.

Esta mañana, nada más llegar al hospital, mi compañera Lucía me ha advertido que en la habitación trescientos doce había un hombre que decía conocerme. "Resulta que a mitad de la noche, el tipo se ha presentado en el control de enfermería para pedir una pastilla para dormir y se ha fijado en la foto esa que nos hicimos en Nochevieja, la que está colgada en el corcho. Te ha visto y ha preguntado si trabajabas aquí, y le he dicho que sí, que eres enfermero y que hoy por la mañana te vería por aquí. Es un hombre mayor, de unos cincuenta y pico, pero no está mal. Tiene unos ojos azules muy bonitos. Se llama Luis". Fue entonces cuando caí en la cuenta de quien era, porque aquel que ocupaba la habitación trescientos doce, aquejado según me contó Lucía de una "neumonía sin importancia", había sido mi novio durante unos meses hacía cosa de tres años, y era la última persona que quería ver en el mundo. Luis es el único hombre de mi vida. Desde que rompí con él, he arrastrado una soltería que ha ido unida a una tristeza irremediable y que me ha llevado a tomar pastillas para poder levantarme, más pastillas para poder estar en paz durante el día y todavía más pastillas para poder dormir durante la noche. Y alcohol para olvidar, porque para mí el despecho sabe a cerveza con tequila y suena a ranchera mexicana, entonada con voz rota y triste, pero a la vez llena de fuerza. Por eso, cuando decidí terminar con él llene mi MP3 de canciones de José Alfredo Jiménez, Lola Beltrán y hasta de Paquita la del Barrio, y me imaginaba a mi mismo frente a él cantándole eso de "rata de dos patas, te estoy hablando a ti, porque un bicho rastrero, aun siendo el más maldito, comparado contigo se queda muy chiquito"

A Luis le conocí de una forma muy poco romántica. Fue a través de una de esas aplicaciones de contactos en las que la gente queda única y exclusivamente para follar. Recuerdo que un cuatro de septiembre fui a su casa y, después de haber mantenido relaciones, me dijo que ese mismo sábado me invitaba al teatro a ver un musical. Me quedé petrificado, porque ningún hombre me había invitado a nada después de follar. Pero servidor, que siempre ha sido un negado para las cosas del querer, se dejó engatusar por un hombre que me doblaba la edad y al cabo de las semanas estaba enamorado de él hasta las trancas. Todo iba a las mil maravillas, pero Luis, que siempre había sido un alma libre, no llevaba muy bien eso de la fidelidad y pretendía seguir quedando con otros hombres mientras estuviera conmigo. "Tú puedes hacer lo mismo", me decía en tono conciliador. Sin embargo, yo siempre he sido muy tradicional para esas cosas y entiendo que la pareja es cosa exclusivamente de dos. "Somos una pareja gay normal", decía para tranquilizarme, "eso de las relaciones abiertas está a la orden del día". Pero yo, que como buen Aries soy muy cabezota, puse punto y final a una historia que no deseaba que acabase. Yo pensé que él recapacitaría y al final volvería conmigo. Imaginaba que una soleada mañana de domingo subiría por las escaleras de incendios de mi edificio con un ramo de flores en la mano y me pediría perdón con un beso. Putas comedias románticas norteamericanas, cuánto daño han hecho. El caso es que al final la escena no llegó nunca, entre otras cosas porque mi edificio no tiene escaleras de incendios ni yo soy Julia Roberts, y acabé arrastrándome yo, rogándole a través de mensajes de texto, llamadas a horas intempestivas y hasta cartas de amor, que volviera conmigo. Pero él no quiso saber nada más de mi, y su indiferencia me hizo más daño que nada en el mundo. 

Hacía tres años que no sabía nada de él. Y ahora resulta que estaba ahí, a unos metros de mi, en la habitación trescientos doce, recuperándose de una neumonía. Iba a reencontrarme con el amor de mi vida, e iba a hacerlo en mi peor momento. Había engordado de lo lindo y tenía unas ojeras considerables. Busqué un lorazepam en mi bolsillo, y mi amor propio dentro de mí, o lo poco que me quedaba de este, para hacer frente a la situación y me encaminé a la habitación. Abrí la puerta sin vacilación, y me le encontré en la cama, tumbado boca arriba, dormido. Tenía muy mal aspecto. Estaba demacrado. En estos tres años había envejecido mucho.

Luis... le llamé, mientras acariciaba su mejilla.

Él entreabrió los ojos y me sonrió. 

Hola, chipi me dijo con un hilillo de voz.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Hacía años que nadie me llamaba así. Ni siquiera me acordaba de aquel mote cariñoso que él mismo me puso cuando estábamos juntos. Estuve a punto de llorar, pero entonces me acordé de toda la indiferencia, de todas las cartas de amor sin respuesta, de las llamadas que no encontraron contestación durante todo ese tiempo. Me senté a los pies de la cama y le miré. Había perdido mucho pelo. 

¿Cómo te va todo? me preguntó.

Muy bien, a tope de curro, le contesté, pero bien. La verdad es que no me puedo quejar.

¿Seguro? inquirió.

Seguro, el que está aquí malo eres tú, ¿no?

Pues sí rió—, ando hecho un cacharro. Ya sabes, los años...

Sí, los años y la mala vida contesté con una media sonrisa que no pudo ocultar cierto tono de resentimiento que poco a poco estaba aflorando dentro de mi.

¿Lo dices por mi promiscuidad? Desde el principio te dije que era un salido, un cerdo, que me gustaba quedar con tíos para follar. En ningún caso te engañé, porque te quise, de verdad que te quise, pero no éramos compatibles. No buscábamos lo mismo.

Cierto contesté yo entonces, yo buscaba un hombre al que querer y cuidar, un compañero para compartir la vida. 

Veo que sigues leyendo novelas de Danielle Steel me dijo con sorna.

No, ahora me ha dado por Bukowski. Pero sigo viviendo en esta puta vida y, a diferencia de ti, sé diferenciar las cosas que importan de las que no importan una mierda.

¿El sexo no es importante?

El amor es más importante le contesté yo, mientras me levantaba de la cama. Y si no, mírate. Si estuviéramos juntos yo estaría aquí ahora, acompañándote, peleando con las enfermeras para que te atendieran como mereces. Y cuando te dieran el alta, lo celebraríamos por todo lo alto, abriendo una botella de un buen vino y dándonos un atracón de sushi.

Muchos atracones te has dado últimamente, por lo que veo, me dijo con su voz, que se tornó repugnante.

Me di la vuelta y me dirigí a la puerta con la determinación de abandonar esa habitación y no entrar más. Le diría a mi compañera Virginia que fuera ella quien se ocupara de ese energúmeno el tiempo que permaneciera hospitalizado y santas pascuas. Pero justo cuando llegué al umbral, oí su voz.

Perdóname, de verdad. Volví la cabeza y vio mis ojos llenos de lágrimas. De verdad, Marcos... Te juro que te quise con locura, pero no pudo ser.

Me acerqué hasta su cama y volví a sentarme a sus pies. En ese momento, noté como su mano tocaba la mía. De nuevo sentí un escalofrío. Retiré violentamente mi mano de la suya y la llevé a mis mejillas, para limpiarme las lágrimas. Mirándole a los ojos, esos ojos azules que me enamoraron y en los que me perdí tantas veces, le dije:

Supongo que me quisiste como quieren las personas que no quieren a nadie. No pasa nada, está muy de moda últimamente eso de no querer. ¿Te apetece un café?

Luis no me contestó. Interpreté su silencio como una negativa a mi propuesta, así que salí de la habitación y me tomé un café con Virginia, a la que le conté con lujo de detalles lo que había pasado en la habitación hacía unos minutos y todo lo que fue nuestra relación, tres años ha. Cuando al cabo de media hora regresé al control de enfermería, otra de mis compañeras había apuntado en el cuaderno de incidencias que el paciente de la habitación trescientos doce, Luis del Valle, había solicitado al medico el alta voluntaria. De hecho, ya no estaba en el hospital. Había avisado a un taxi y había salido escopetado como alma que lleva el diablo.

Bueno, Marcos, ¿sabes lo que dicen en mi pueblo? me dijo Virginia cuando supo de la huida de Luis, que nadie quiere alhajas con dientes. ¡Y tú de menuda alhaja te has librado!

Y tenía razón, pero eso de enamorarse hasta las trancas de una persona que no quiere a nadie es jodido. Tan jodido como vivir en un mundo en el que el amor cada vez importa menos. Así que a la salida del hospital, me he pasado por el chino y aquí estoy, de nuevo, frente a una lata de cerveza con tequila escribiendo sobre personas que no quieren a nadie. Pero Marta y mi psiquiatra tienen razón: debería dejar de beber.

Mi última noche con Sara


El martes por la noche, mis compañeras de trabajo y yo fuimos al Teatro Rialto a disfrutar del espectáculo teatral y musical "Mi última noche con Sara", obra que homenajea a la manchega que conquistó Hollywood. Protagonizada por Eva Manjón, Rodrigo Poisón y Jesús Lara, la acción transcurre en un estudio discográfico en el que Sara decide grabar en una sola noche un recopilatorio para así cumplir su contrato con la discográfica y marcharse a Italia a rodar películas. Pero su prisa por cumplir el contrato responde a otra razón mucho más importante: el fin de su relación con su productor musical, Julián Amezcua, que está casado. Entretanto, a parece en escena Curro, que esa misma noche comienza a ser su ayudante y que acaba siendo su amigo y confidente.


Eva Manjón interpreta de forma magistral un total de diez temas de Sara Montiel: "La violetera", "Quizás, quizás, quizás", "Agua que no has de beber", "Es mi hombre", "Bésame mucho", "Tatuaje", "Fumando espero", "Calumnia", "Volver" y, por supuesto, "Nena", el último cuplé que interpreta María Luján en la película que convirtió a Sara Montiel en una estrella en todo el mundo.


Además de todas estas míticas canciones también hay un tema que homenajea a Sara Montiel, "Zamba para Sara", compuesta por Roger Álvarez y Juanjo Molina, cuya letra es preciosa:

Sara llegó, pasó por aquí,
ha dejado un aroma de canela, violeta y jazmín,
azafrán, rosa blanca florecida en Madrid,
con raíces en La Mancha y semillas de Brasil.

En cuanto la vi yo me dije para mí:
Nena, fumando me voy a esperar
para verte con garbo, relicario de belleza,
cuando cruzas perfumando la vereda tropical.


La obra me gustó mucho pero no sólo por las canciones, que son maravillosas, sino también por el magistral trabajo de los actores. En especial, el de Eva Manjón, que es también la productora de la obra. En palabras de la actriz, "desde niña me sentí atraída por el personaje de Sara Montiel, su belleza, sus películas, su forma de cantar, de posar y de fumar. De adolescente supe de su vida, leí sus memorias y me enganché a su forma de ver la vida, de soñar, de trabajar, de amar. Me dejaba boquiabierta que una persona sencilla, humilde y con pocos recursos hubiera llegado tan lejos con sus propios medios, es decir sin ser descubierta caminando por la calle, sino a base de luchar y tenerlo claro. Quizás porque en mi vida hay muchos puntos comunes".


A Eva Manjón y al resto del reparto les encanta Sara. Y eso se nota. La obra es un homenaje precioso y necesario a una de las más grandes estrellas que ha tenido España.